PAISAJE
… “Jamás podré olvidar una puesta
de sol, que allá, en el último otoño, vi con mis compañeros y alumnos de la
Institución Libre desde estos cerros de las Guarramillas.
Castilla la Nueva nos aparecía de color de rosa; el sol, de púrpura, detrás de Siete
Picos, cuya masa, fundida por igual con la de los cerros de Riofrío, en
el más puro tono violeta, bajo una delicada veladura blanquecina, dejaba en
sombra el valle de Segovia, enteramente plano, oscuro, amoratado, como si
todavía lo bañase el lago que lo cubriera en época lejana. No recuerdo haber
sentido nunca una impresión de recogimiento más profunda, más grande, más
solemne, más verdaderamente religiosa. Y entonces, sobrecogidos de emoción,
pensábamos todos en la masa enorme de nuestra gente urbana, condenada por la
miseria, la cortedad y el exclusivismo de nuestra detestable educación nacional
a carecer de esta clase de goces, de que, en su desgracia, hasta quizá murmura,
como murmura el salvaje de nuestros refinamientos sociales; perdiendo de esta
suerte el vivo estímulo con que favorecen la expansión de la fantasía, el
ennoblecimiento de las emociones, la dilatación del horizonte intelectual, la
dignidad de nuestros gustos y el amor a las cosas morales que brota siempre al
con tacto purificador de la naturaleza. El cuerpo, por su parte, enteco,
muelle, decaído, sin aquel vigor varonil que el griego estimaba señal de
ciudadano, tiembla de la humedad, del calor, del viento, de la lluvia, del
frío, víctima de un sistema nervioso en perpetua corea; huye del aire libre
como de su mayor enemigo y pone por ideal del hombre sano una especie de
crisálida, revuelta en innumerables estratos de vidrio, lana y algodón y medio
podrida entre la mugre de sus exudaciones pestilentes. Y, sin embargo, para
sentir en nuestra alma impresión como aquélla, y en nuestro cuerpo el roce
vivificante de la naturaleza maternal, no hay que emprender la peregrinación a
los Alpes, ni a Sierra Nevada, ni a los Picos de Europa, ni siquiera a la
magnífica y vecina Peñalara, con sus ventisqueros, sus lagunas, sus circos, sus
acantilados, sus panoramas espléndidos, que abrazan desde el Pisuerga al
Manzanares; ni aun adelantarse hasta las Cabezas de Hierro y los
espléndidos valles que dominan, ¡sino soportar hora y media de ferrocarril, dos
de diligencia y hacer a pie un trayecto como el que cualquier madrileño tiene
que recorrer desde su casa a cualquier parte por céntrico que viva…! Pero es
ley que todo pueblo, dormido en secular postración, cuando despierta de nuevo a
la cultura, no pueda comenzar por volver los ojos hacia el horizonte más
cercano, sino a los más distantes. La misma ley que lleva a sus pensadores,
como a sus políticos, a estudiar antes la ciencia, la historia, las
instituciones de otros pueblos que las del suyo propio, arrastra a sus viajeros
a contemplar y gozar el paisaje remoto, mientras llega aquel día en que el
desarrollo de la cultura en su nación, y el de la suya propia, le permitan
tender la mano para coger el fruto, menospreciado tanto tiempo, con tenerlo tan
cerca. Tal acontece en España, y, por tanto, en Madrid, donde la inmensa
mayoría de la gente se abrasa y consume en la fiebre de los negocios, en la de
la política y hasta en la del pensamiento y el estudio (tan grave y dolorosa
como las demás) o se aburre en la estéril pereza. Apenas la caza redime a unos
cuantos de esta anémica vida ultraurbana; pero es por muchos modos impotente, y
en particular por lo que desconcierta con el tono general de esa vida, para
compensar su desequilibrio y labrar en las honduras del espíritu un camino de
regeneración y de progreso.”
Giner de los Ríos.
*Extracto de
Paisaje, Giner de los Ríos. (1886. Publicado en La Ilustración Artística, año
V, núms. 219 y 220, Barcelona, 8 y 15 de marzo de 1886, págs. 91-92 y 103-104).
Sirva este texto de homenaje en el 150º aniversario de la creación de la Institución libre de enseñanza en 1876, un proyecto pedagógico liderado por Giner de Los Ríos. Un ideario que supuso una revolución completa respecto de la enseñanza tradicional decimonónica. Laicismo y libertad de conciencia, neutralidad religiosa e ideológica absoluta. La enseñanza se fundamentaba en el respeto a la libertad de pensamiento y la tolerancia, sin adoctrinamiento ni dogmas. Educación integral donde el objetivo fundamental no era transmitir mera información, sino «formar hombres útiles y completos». Se atendía por igual al desarrollo intelectual, moral, físico, afectivo y estético del alumno .Fue una institución pionera en España en defender y practicar la educación conjunta de niños y niñas en las mismas aulas y en condiciones de total igualdad. Superación del memorismo y eliminación de los exámenes, rechazo tajante de la enseñanza memorística y repetitiva. Una nueva relación maestro-alumno y la eliminación de la distancia jerárquica y autoritaria del profesor. El maestro actuaba como un guía cercano y orientador en un ambiente de convivencia familiar.
Y el contacto con la naturaleza y el entorno que es lo que nos toca a nosotros como amantes y personas que disfrutan del medio natural, también la introducción sistemática de las excursiones escolares, salidas al campo, visitas a museos, talleres y laboratorios, promoviendo el conocimiento directo de la geografía, el arte y la ciencia (origen del excursionismo científico en España), y posteriormente el desarrollo deportivo. Una herencia la de la ILE de la cual somos sin duda acreedores y depositarios de aquel ideario que huía del proselitismo y la confesionalidad canovista, basado en la introducción del Krausismo y el ideal ilustrado por parte de Sanz del Río. Una ideal renovador laico que en pugna con el confesional conservador de la restauración concluye en la Constitución de 1931 y la Segunda República que supuso en la educación la plasmación legislativa de los principios acumulados por el liberalismo democrático, el krausismo y el socialismo, en la consecución de lo que pedagógicamente aspiraba Giner, "formar hombres", hacer de la educación interior el camino para el nacimiento de una nueva España, la España moderna, que tantas veces soñara Giner.
